lunes, 2 de agosto de 2010

Carta a mi amante dormida - Relato

Te sorprendí, apuñalé y destripé, te desangré poco a poco y rellené con tus vísceras la olla a medio llenar. Te embocé con serrín -tanto que incluso te salió por la boca- y cosí después cada milímetro de tu piel rasgada con aquel hilo fuerte que solía usar para ir a pescar al muelle los domingos. Vigilando no estropear más tu cenicienta carne, te vestí con tu mejor traje y te acosté en la cama. Luego me dediqué a observarte.

Sabes, estás más guapa así que cuando no parabas de gritar y quejarte por todo. Incluso me pones más. Sin ese cerebro que hace un rato te saqué por la nariz a trozos y sobretodo sin esos ojos tuyos que tengo guardados en el primer cajón de la cocina, junto a los cubiertos. Eres tan bonita que me gustaría sacarte a pasear como aquel perro que tuvimos y que desapareció. Recuerdo que te pusiste triste por eso; a estas horas deberías saber que lo destripé y te lo dí de comer en dulces y pequeñas dosis.

Tu carne la comeré con esmero, despacio para saborearla. Debe estar mucho más rica que tu cuerpo, tu sed y tu humedad. ¿Pensabas, mi tierna amante dormida, que iba a dejarte descansar tan ricamente en tu lecho de muerte, realmente creíste que iba a respetar tu descanso eterno? Poco me estremecían tus gritos hace unas horas, mientras te perforaba una y otra vez con mi punzón para picar hielo... Miles de puñaladas en tu estómago, por tus muslos, tu ano, tu sexo; incluso te has quedado sin lengua. Y sobretodo, no dejo de preguntarme cómo ha sido tan fácil.

Te digo adiós mi cielo, mi dulce amante dormida.

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